En este espacio debería escribir alguna de las historias de misterio que tanto les gustan a mis lectores habituales.
Esas que hablan de mugres, sensaciones y sentimientos ocultos; de calenturas reprimidas, de eventos, de gente que conocen y gente que se imaginan… de la vida en las redes sociales, de internet, del filo, del levante y de la vida real.
Historias de cómo me desubiqué con alguien. De cómo alguien se desubicó conmigo… De un beso en el pasillo de un bar, de un encuentro a media tarde en un telo del Gran Buenos Aires; de un beso que no se animaron a darme, de uno que si di; de un beso que nunca debieron darme, uno que debí dar y una duda que permanecerá para siempre…
De alguien que pensé que era pero no es, del que pensé que NO pero era SI… De idas, venidas, llegadas, persecuciones, escapadas, porciones de pizza, cerveza, sidra, vino y ron con coca. De autos, colectivos, taxis, caminatas eternas y fastidios efímeros.
De lo que se imaginan, de sus fantasías y de la realidad que siempre supera la ficción.
He vuelto reca(r)gada. Ahora empiezo otra vez.
Archivos de la Palabra clave
Como cuando ves una película y te creés el personaje. Y a la noche soñás que sos un extraterrestre que dejaron de bebé en un canasto en la casa de tus viejos, y ellos no te dijeron nada. Que por eso sos “raro”. O que tenés superpoderes. O que en cualquier momento cobrás una herencia de un familiar que no sabías que tenías. Y la lista de pavadas sigue… y dura hasta que ver otra serie u otra película.
O un libro. De esos en los que la trama te atrapa y te gustaría meterte y salvar al personaje. O de esos personajes que te enamorás, y empezás a encontrar parecidos a ex-parejas -pero un poco mejores, claro-… y dura hasta que te recomiendan otro libro, porque ese terminó.
Pero con los blogs es distinto. Los blogs no terminan (bueno, olvidémonos de esos blogs que nacen como proyectos de multimedios, en los que cientos de personas se comen un tremendo buzón de una mina que… bleh, no me hagan hablar), siguen… un post atrás del otro… y a veces no es ni una historia, es un puto momento que te robaron… porque CLARO ese post habla de vos ¡me estás hablando a mi! decime la verdad ¿pensaste en mi cuando lo escribiste? ¿soy yo? ¿yo te caliento? Pero no te da dejar un comentario, o mandar un mail y preguntarle al autor. Pero algo hay ¿no?
Sobre todo si soy yo, y me conocés. Si me viste en unas cuantas reuniones. Hasta una vez, haciéndote el boludo, me tocaste el culo (y yo me hice la boluda también, y aquí no ha pasado nada).
Claro, por supuesto que lo escribí por vos. O no. Viste como es esto.
Y ello hizo que me irritara, pero sobre todo conmigo mismo, como cuando te metes en una situación idiota y comprendes que es idiota, y quisieras salir de inmediato, porque sabes que, cuanto más insistas en afrontarla intentando dominarla, más idiota se volverá, arrastrándote a una idiotez sin salida.
Se está haciendo cada vez más tarde, Antonio Tabucchi. Trad.: Carlos Gumpert, Ed. Anagrama (2002)
En el hemisferio sur arrancamos con la época del calentamiento global: se calientan los volantes de los coches estacionados en las playas de los supermercados, se calientan las baldosas del patio, se calientan las ojotas que nos sacamos para tomar sol. Pero también se calientan los seres humanos.
Se calientan con las fotos que empiezan a aparecer de mujeres en bikini/hombres en zunga tomando sol todos aceitados. Claro, hasta la foto está todo bien, pero resulta que “en vivo y en directo” la cosa cambia.
Después de untarte con diversos productos cosméticos -protector, pantalla, bronceador, acelerador, aceite, iodo, coca-cola, té de ruda- para la foto sos un crack, pero entrás a largar un olor a desechos nucleares que hasta el perro, que recién te jugueteaba, te empieza a mirar con un cierto asco. Olores que empeoran cuando esos inventos del demonio comienan a mezclarse con los “olores naturales” del cuerpo, porque con un poco de sol se transpira como un beduino y hasta Rexona te deja a pata, convirtiéndote en una mezcla de bifes encebollados-cuero de oveja-banana-coco-durazno-parrillada completa.
Ahí es cuando salta alguno diciendo “A mi no me importa, porque yo ya me hice moco la nariz con la cocaína y no huelo nada”. Para vos, amigo drogadicto, también hay problemas, porque uno es un asco al tacto. Un gusano grasiento y resbaladizo, como un miembro con condón pero sin miembro, sin condón, con el olor detallado antes y probablemente un poco de tierra o arena pegado.
Y no… tirándote a la pileta, al río o pegándote un maguerazo, tampoco se mejora. Porque agregás olor a cloro-almejas-surubí-verdín-caucho caliente, y cuando te das cuenta de que se te salió todo el bronceador, la ceremonia arranca de nuevo pero sobre el residuo de lo anterior.
Ya sé que hay un cierto público para “2 Girls, 1 Cup” y estas cosas les pareceran nimiedades infantiles; pero yo, como buena fan de Rocco, prefiero que el chongo en zunga tome sol solito y me lo dejen recién bañado, afeitado, con camisa blanca y dos vasos de Campari en un lindo bar a las 9 de la noche (mínimo).
(Y las mujeres no son angelitos de Dios, eh. Que también juntan mugre y olores como los chongos, pero con diferente balance
)
Embutirse con papa hervida o batata, masticar poco, tragar -rápido-.
A la altura del píloro un profundo dolor punzante, como un harikiri de papa que dura unos dos o tres minutos en los que no podemos ni pensar, ni tragar, ni respirar y nos movemos como una víbora para ver si podemos acomodar el cascote (mientras pensamos “Pero qué idiota. La próxima como más despacio. ¿Se solidifica la papa con los ácidos gástricos? Si pudiera tomar un poco de agua disuelvo la bola esta hijadeunagranputa. Bueno, bueno… ya pasa”)
Pegarle un tarascón al helado, uno grande y a boca llena y tragar -rápido-.
En el eje que une la frente con la nuca un espantoso dolor como si la cabeza nos fuera a reventar. Como si tuviéramos un puñado de petardos explotando en el medio del seso, fruncimos toda la cara y apretamos la mandibula (mientras pensamos “Mmmm, pero qué idiota. Y ahora encima me duelen los dientes. ¿Por qué duele la cabeza mierdacarajo? En la boca no se sentía tan frío. Bueno, bueno… ya pasa”)
Comer unos pickles y respirar al tragar -rápido-.
Una corriente eléctrica que va desde la campanilla y la parte de atrás del paladar hacia la punta de la nariz, como si hubiéramos tragado un puñado de alfileres. Nos lloran los ojos, echamos la cabeza para adelante y no podemos respirar, ni hablar, mientras hacemos un gesto confuso señalando nuestro vaso -que seguramente está vacío- (mientras pesamos “Pero qué idiota. Siempre me pasa lo mismo con las cosas con vinagre. Encima no puedo hablar y seguro que estoy poniéndome morado. PorelamordeDios que no me agarre hipo. ¿Cuánto aguantaré sin respirar? Bueno, bueno… ya pasa”)