Fantástico bailable

A la mañana yendo al trabajo o a la noche después de cenar, en esos tiempos muertos ocupados con nada, pensamos. Pensamos mil escenarios en los que podríamos conocernos, charlar, coquetear y, con suerte, despedirnos dándonos cuenta que el otro no era tan genial. Y tener paz. O, lo que sería gravísimo, darnos cuenta de que somos fantásticos, que tenemos mil cosas en común y a pesar de eso somos el yin y el yang que no pueden despegarse.

Pero no. Pasan los fines de semana, los meses, los años y no nos vemos nunca. Nunca hablamos. Nunca chateamos. Nunca nada. Porque es un papelón. Porque no nos vamos a rebajar a reaccionar como toda esa gente que está desesperada por enganchar algo “por internet”, porque somos fantásticos, porque tenemos mil cosas en común, porque nos leemos todos los días y si tenía que pasar algo… bueno, ya hubiera pasado. No se lo decimos a nadie porque nos da vergüenza, porque no es de persona inteligente andar fantaseando con desconocidos (porque se lo venimos criticando a todos desde que teníamos 5 años).

Cuando la pensamos mejor no tenemos nada en común. Ni en el más alocado de los escenarios me darías bola, vos estás en otra, jugás en otra liga. Además hay muchísimas personas con las que si tengo mil cosas en común y son fantásticas…

Y otra noche acá. O allá. O en el medio de un plan fantástico con otras personas geniales. O en casa mirando la junta de los cerámicos. Vos allá y yo acá. No nos hablamos, no nos mandamos indirectas porque eso es rebajarse, es evidente, es ordinario. Pero espero que te des cuenta de que te hablo a vos. ¿Vos me hablás a mi? Quiero que te des cuenta de que tenemos mil cosas en común, porque nos leemos todos los días, y aunque tuviera que pasar algo nunca va a pasar nada porque los dos somos muy idiotas. Mucho más idiotas que todos esos idiotas que levantan por internet…